Campamento sierra de Gredos

Campamento de verano en Gredos

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Mi primera experiencia durmiendo fuera de casa sin mis padres, fue en un campamento de verano en Gredos. Las instalaciones correspondían a la típica granja escuela donde se suelen realizar este tipo de actividades. Mi colegio nos llevó a toda la clase cuando estudiaba 2 de la ESO. Fue durante una semana del mes de septiembre y todavía apretaba el calor en Ávila. La granja se encontraba en una zona de huertas a las afueras de Arenas de San Pedro. Tenía un edificio central donde se encontraban los dormitorios y los baños, otro colindante con la cocina y varias instalaciones más pequeñas donde estaban los animales: una cochiquera, donde me hice amiga de la cerda Marcelina y su extensa piara; un gallinero y un palomar. En el centro del todo había un cobertizo con grandes mesas, que hacía las veces de comedor y zona común.

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Al llegar al campamento de verano, nos dividieron en dormitorios para niños y niñas en grupos de cuatro, tocándome con el minigrupo de chicas “populares” encabezado por Julia, con quien por aquél entonces no confraternizaba mucho. Julia se pasaba el día mirándose al espejo y enviando sms a sus grupitos de amigas, contando mentiras sobre los chicos del grupo. El caso es que, cosas del destino, cinco años después compartimos grupo en el instituto y nos convertimos en amigas inseparables.

La vida diaria en el campamento de verano en Gredos

Comenzaba a las nueve de la mañana, cuando sonaba una trompeta por megafonía y nos levantábamos corriendo para no quedarnos sin agua caliente en las duchas. Los últimos que llegaban solían ducharse con agua más fresquita, así que yo estaba rauda para ser siempre de las primeras. Después solíamos tener el desayuno ya listo en el cobertizo y a continuación comenzaban las actividades de la granja. Aprendí a dar de comer a los cerdos, a los que iban a parar las sobras de nuestras comidas; además de las palomas y las gallinas, que se ponían como locas en cuanto entrábamos con los cubos de pienso. Cada día nos alternábamos en dos grupos: uno que les daba de comer y otro que limpiaba sus jaulas. Marcelina era una cerda enorme, que a la mayoría de los niños les daba miedo cuando se ponía de pie. Además, había sido mamá hace poco y no le gustaba mucho que cogiéramos a sus lechones. Pero mientras la mayoría de mis compañeros se dedicaban a fotografiarse con ellos, yo solía acercarme para intentar acariciar a Marcelina.

Un día nos llevaron a una vaquería, donde nos enseñaron a ordeñar a las vacas y pudimos ver el proceso de fabricación del queso. En una zona de la vaquería también tenían ovejas y alguna cabra. Una de ellas también había sido mamá, así que comenzó una disputa por coger al cordero en brazos, de la que como siempre, resultó ganadora Raquel, que nos apartó a todos a empujones para no tener competencia. Debió caerle algún castigo divino, porque justo cuando más abrazado lo tenía, el animal se le hizo pis encima.

Las actividades del campamento de verano solían continuar por la tarde, cuando salíamos a recorrer los montes de los alrededores y nos encargaron recopilar el mayor número posible de hojas distintas, para secarlas y pegarlas en un cuaderno. Cuando llegábamos a la granja los monitores nos contaban a qué especie correspondía cada hoja y nos dedicábamos a tomar apuntes, para un examen final que consistiría en identificar a qué árbol correspondía cada hoja. Todavía conservo aquél cuaderno, en el que recopilé más de 30 hojas de mi estancia en un campamento de verano en Gredos. Posteriormente crecería mucho más, aunque como tantas cosas de niña, al final acabé por olvidar mi colección.



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